lunes, 23 de noviembre de 2015
Noviembre 23
Pues no, le tengo que poner un fin. Tan pronto como sea posible. Me
gustaría que esta fuera la última noche, pero es probable que tenga que darle
una semana. Menos mal que tengo París, el París de Cortázar y de Anaïs Nin, el
París de ir al cementerio de niños a leer poesía y al cuartito de Shakespeare
& Co a escuchar ese piano viejo, el París que ha sido sanación en el
pasado, entre las velas verdes de Rayuela y el barrio de las librerías, las
baguettes al borde del Sena y los sonidos de la mezquita. En todo caso, hoy
llegué a mi límite. Una cosa era saberlo, así, abstractamente. Que no podía ser
mío en parte porque un trozo de su corazón le pertenece a alguien más.
Adivinarlo en las palabras no dichas, en las menciones pasajeras de la única
mujer a la que que se refiere por su nombre. Una cosa es sentirlo, así, en la
lejanía del pasado y de la ausencia. Y otra muy diferente es enfrentarme con la
barrera, inquebrantable, de su presencia física en éste que había sido mi
espacio. Pero es sobre todo que él tenga el aplomo de hacerlo. Por mí y por
ella, por ambas. Nada, que merezco más, que ambos merecemos más, ue estoy demasiado malacostumbrada a
ser querida, a que cuiden de mi corazón como del propio, a que asuman la
responsabilidad que es compartir trocitos de nuestros universos. Nada, que de
la única vida que tengo, escatimar así, entre tibiezas y eufemismos y
ambigüedades, no vale la pena. De no conocer yo ese otro mundo, ese otro lado
en el que me reconocen y por reconocerme pueden responder sólo dándome mi
lugar, entonces quizá seria justificada la permanencia. Pero pienso en esa
respuesta de C, a tantos años, tantas veces de
haber sido tan descuidada con su corazón, esa respuesta cuando le agradecí el inmenso acto de haberme amado profundamente. Y C, sin pestañear, respondiendo, No me costó trabajo. Ni modo, Luna menguante, mereces
más, niña de cobre fundido. Irónico. Finalmente, un hombre al que podría haber
amado como esa única vez, probablemente con más profundidad que entonces, más
sólida y maduramente por todo ese mundo que compartimos sin decirlo. Nada, me
toca, una vez más, despedirme con la ligereza de esa palabra, la última.
Gracias, N, por la oportunidad de saber que existen seres humanos que merecen
ser plenamente amados.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario