viernes, 27 de noviembre de 2015

Noviembre 27

Le puse un fin. Esa misma mañana, la última, le puse un fin. No me deshice en lágrimas porque N no me dio espacio para hacerlo, pero al poco rato, al ver a mi padre, a las pocas horas, manejando de regreso a casa, a los pocos días, al despertar y al ir a la cama, ahí. Ahí dejé esta tristeza salir, lento y en silencio, de mí. Y no me queda más que escribirlo, para tener constancia en esos futuros inciertos, de escepticismo y desesperanza, de que eso que otros cuentan existe.

Y cómo existe. Con N aprendí el significado de la palabra devoción, devoción significando dedicación profunda. Por N habría yo movido montañas, lo que nunca, puesto tantas cosas de lado, callado tanto también. Nunca entendí, hasta ahora, la creencia de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Por qué hombre, por qué detrás, y por qué no pueden ser grandes solos. Con N lo entendí. Lo entendí y le perdí el miedo. Yo habría estado dispuesta a ser eso para él. Una compañera con quien pavimentar el camino de ese mañana suyo del que ya no seré parte. Lo habría hecho a plena conciencia, no conforme sino feliz—feliz--, agradecida. Lo habría hecho a ojos abiertos, sin conflicto y sin problema alguno. Lo que nunca, luna estoica. Eso que decían otras mujeres, esas palabras por las cuales les perdía todo respeto, esa creencia tan firme de que, sabiendo que podrían haber tenido algo más, algo diferente, habían elegido a conciencia eso—compartirse.  

Pienso en El Principito, en esa conversación que tiene con el zorro. Uno se vuelve responsable de aquello que you tame. Y ahora, estoy sin ancla. N pudo haber sido eso para mí, el color dorado del trigo, los pasos que se anuncian a la distancia, eso y tanto más, de haber tenido el espacio y las condiciones para desarrollar esto que sólo se anunció como algo que podría haber sido un profundo amor.

Pero nada, Luna, imposible, así no. Independientemente de todo lo que N es en el mundo y lo que podría haber sido para mí, yo no me puedo volver a poner en peligro así, como hice en el pasado, como hizo P con X. A pesar de todo, de todo lo que habría estado dispuesta a dar, esto no. No yo. No la fuerza detrás de mi voz, los símbolos de mi supervivencia, la mujer que soy. Eso no lo puedo regalar, Luna. He trabajado tanto, me he caído tanto, para poder llegar a un punto en el cual sepa que tengo la capacidad de cuidar de mí misma. Ante todo estoy yo. Y yo sé el lugar que me merezco. Uno al lado o detrás o debajo de S no. Merezco ese lugar por la persona que soy, pero también lo merezco, en este caso, porque me lo he ganado a pulso. Me lo habría continuado ganando. Y si N no ha sido capaz de reconocerlo, mi única labor ahí era partir. No tenía alternativa, Luna, a pesar de lo doloroso de la pérdida.


Pero N me enseñó  que se puede--incluso, a veces, se debe-- amar al ser humano. Me enseñó que se puede encontrar belleza en lugares inesperados. Me enseñó que puedo tener esperanza en los hombres, que los hay, en el mundo, grandes hombres, enormes. A mí, que le tengo tan poco respeto y admiración a la humanidad, me dio razones para creer en ella. N ha salido de mi vida, pero saber que existe, en espacios paralelos, que respira este aire, que camina sobre esta tierra árida, me ha enseñado que somos redimibles. Me ha dado armas para enfrentar este mundo roto y sin misericordia, crudo, decepcionante. N existe, este mundo ha dejado existir a N, de una pieza, vivo todo él. Y entonces no puedo más que amar al mundo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Noviembre 23

Pues no, le tengo que poner un fin. Tan pronto como sea posible. Me gustaría que esta fuera la última noche, pero es probable que tenga que darle una semana. Menos mal que tengo París, el París de Cortázar y de Anaïs Nin, el París de ir al cementerio de niños a leer poesía y al cuartito de Shakespeare & Co a escuchar ese piano viejo, el París que ha sido sanación en el pasado, entre las velas verdes de Rayuela y el barrio de las librerías, las baguettes al borde del Sena y los sonidos de la mezquita. En todo caso, hoy llegué a mi límite. Una cosa era saberlo, así, abstractamente. Que no podía ser mío en parte porque un trozo de su corazón le pertenece a alguien más. Adivinarlo en las palabras no dichas, en las menciones pasajeras de la única mujer a la que que se refiere por su nombre. Una cosa es sentirlo, así, en la lejanía del pasado y de la ausencia. Y otra muy diferente es enfrentarme con la barrera, inquebrantable, de su presencia física en éste que había sido mi espacio. Pero es sobre todo que él tenga el aplomo de hacerlo. Por mí y por ella, por ambas. Nada, que merezco más, que ambos merecemos más, ue estoy demasiado malacostumbrada a ser querida, a que cuiden de mi corazón como del propio, a que asuman la responsabilidad que es compartir trocitos de nuestros universos. Nada, que de la única vida que tengo, escatimar así, entre tibiezas y eufemismos y ambigüedades, no vale la pena. De no conocer yo ese otro mundo, ese otro lado en el que me reconocen y por reconocerme pueden responder sólo dándome mi lugar, entonces quizá seria justificada la permanencia. Pero pienso en esa respuesta de C, a tantos años, tantas veces de haber sido tan descuidada con su corazón, esa respuesta cuando le agradecí el inmenso acto de haberme amado profundamente. Y C, sin pestañear, respondiendo, No me costó trabajo. Ni modo, Luna menguante, mereces más, niña de cobre fundido. Irónico. Finalmente, un hombre al que podría haber amado como esa única vez, probablemente con más profundidad que entonces, más sólida y maduramente por todo ese mundo que compartimos sin decirlo. Nada, me toca, una vez más, despedirme con la ligereza de esa palabra, la última. Gracias, N, por la oportunidad de saber que existen seres humanos que merecen ser plenamente amados.    

sábado, 21 de noviembre de 2015

Noviembre 21

Carta al hijo que no tendré,


Hoy te perdí. Te perdí sin haberte tenido. A ti, hijo que nunca quise. Te deslizaste entre mis piernas como habrías hecho en nueve meses, en sesenta semanas, en doscientos diez amaneceres. Entraste al mundo sin conciencia, sin corazón que palpitara no correspondido, sin ojos que lloraran lágrimas de desesperanza, sin pies que dieran pasos titubeantes y un día, quizás, certeros, forjando tu camino por este mundo que no perdona. Te fuiste sin historias que contar, sin secretos escondidos en la alacena, sin decepciones de madrugadas claras, inesperadamente solitarias, sin haber temblado, vulnerable, en los brazos de una mujer o un hombre que te amara. Yo no te amé, no amé a tu falta de persona, al puñado de células que fuiste, y que un día podrían haber sido más importantes para mí que mi propia piel, que mis manos, mi voz, que la vida misma. No te amé, hijo que no fuiste, pero te quise. Te quise por setentaydos horas enteras. Te quise en la abundancia íntima y secreta que le regalaste, por esos breves, eternos instantes, a mis caderas. Te quise en el humo limpio que respiré por ti y por el futuro que no tuviste. Te quise en los pasos suaves, levitantes, deliberados, y cautos que di en plena conciencia de tu existencia. Te quise en la punta de mi lengua, en la base de mi espalda, en la hondura de mi estómago. Te llevaste el silencio de mis noches, y en su lugar reconocí sólo tu diminuta presencia. Y hoy siento el peso de tu ausencia tan claro como sentí el tuyo, un espacio que dejaste detrás y que no había, hasta este momento de mi vida, sentido vacío.