Le puse un fin. Esa misma mañana, la última,
le puse un fin. No me deshice en lágrimas porque N no me dio espacio para
hacerlo, pero al poco rato, al ver a mi padre, a las pocas horas, manejando de
regreso a casa, a los pocos días, al despertar y al ir a la cama, ahí. Ahí dejé
esta tristeza salir, lento y en silencio, de mí. Y no me queda más que
escribirlo, para tener constancia en esos futuros inciertos, de escepticismo y
desesperanza, de que eso que otros cuentan existe.
Y cómo existe. Con N aprendí el significado
de la palabra devoción, devoción significando dedicación profunda. Por N habría
yo movido montañas, lo que nunca, puesto tantas cosas de
lado, callado tanto también. Nunca entendí, hasta ahora, la creencia de que
detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Por qué hombre, por qué detrás,
y por qué no pueden ser grandes solos. Con N lo entendí. Lo entendí y le perdí
el miedo. Yo habría estado dispuesta a ser eso para él. Una compañera con quien
pavimentar el camino de ese mañana suyo del que ya no seré parte. Lo habría
hecho a plena conciencia, no conforme sino feliz—feliz--, agradecida. Lo habría
hecho a ojos abiertos, sin conflicto y sin problema alguno. Lo
que nunca, luna estoica. Eso que decían otras mujeres, esas palabras por las
cuales les perdía todo respeto, esa creencia tan firme de que, sabiendo que
podrían haber tenido algo más, algo diferente, habían elegido a conciencia eso—compartirse.
Pienso en El Principito, en esa conversación
que tiene con el zorro. Uno se vuelve responsable de aquello que you tame. Y
ahora, estoy sin ancla. N pudo haber sido eso para mí, el color dorado del
trigo, los pasos que se anuncian a la distancia, eso y tanto más, de haber
tenido el espacio y las condiciones para desarrollar esto que sólo se anunció
como algo que podría haber sido un profundo amor.
Pero nada, Luna, imposible, así no. Independientemente
de todo lo que N es en el mundo y lo que podría haber sido para mí, yo no me
puedo volver a poner en peligro así, como hice en el pasado, como hizo P con X.
A pesar de todo, de todo lo que habría estado dispuesta a dar, esto no. No yo.
No la fuerza detrás de mi voz, los símbolos de mi supervivencia, la mujer que
soy. Eso no lo puedo regalar, Luna. He trabajado tanto, me he caído tanto, para
poder llegar a un punto en el cual sepa que tengo la capacidad de cuidar de mí
misma. Ante todo estoy yo. Y yo sé el lugar que me merezco. Uno al lado o
detrás o debajo de S no. Merezco ese lugar por la persona que soy, pero también
lo merezco, en este caso, porque me lo he ganado a pulso. Me lo habría
continuado ganando. Y si N no ha sido capaz de reconocerlo, mi única labor ahí
era partir. No tenía alternativa, Luna, a pesar de lo doloroso de la pérdida.
Pero N me enseñó que se puede--incluso, a veces, se debe-- amar al ser humano. Me
enseñó que se puede encontrar belleza en lugares inesperados. Me enseñó que
puedo tener esperanza en los hombres, que los hay, en el mundo, grandes
hombres, enormes. A mí, que le tengo tan poco respeto y admiración a la
humanidad, me dio razones para creer en ella. N ha salido de mi vida, pero
saber que existe, en espacios paralelos, que respira este aire, que camina
sobre esta tierra árida, me ha enseñado que somos redimibles. Me ha dado armas
para enfrentar este mundo roto y sin misericordia, crudo, decepcionante. N
existe, este mundo ha dejado existir a N, de una pieza, vivo todo él. Y
entonces no puedo más que amar al mundo.