sábado, 21 de noviembre de 2015

Noviembre 21

Carta al hijo que no tendré,


Hoy te perdí. Te perdí sin haberte tenido. A ti, hijo que nunca quise. Te deslizaste entre mis piernas como habrías hecho en nueve meses, en sesenta semanas, en doscientos diez amaneceres. Entraste al mundo sin conciencia, sin corazón que palpitara no correspondido, sin ojos que lloraran lágrimas de desesperanza, sin pies que dieran pasos titubeantes y un día, quizás, certeros, forjando tu camino por este mundo que no perdona. Te fuiste sin historias que contar, sin secretos escondidos en la alacena, sin decepciones de madrugadas claras, inesperadamente solitarias, sin haber temblado, vulnerable, en los brazos de una mujer o un hombre que te amara. Yo no te amé, no amé a tu falta de persona, al puñado de células que fuiste, y que un día podrían haber sido más importantes para mí que mi propia piel, que mis manos, mi voz, que la vida misma. No te amé, hijo que no fuiste, pero te quise. Te quise por setentaydos horas enteras. Te quise en la abundancia íntima y secreta que le regalaste, por esos breves, eternos instantes, a mis caderas. Te quise en el humo limpio que respiré por ti y por el futuro que no tuviste. Te quise en los pasos suaves, levitantes, deliberados, y cautos que di en plena conciencia de tu existencia. Te quise en la punta de mi lengua, en la base de mi espalda, en la hondura de mi estómago. Te llevaste el silencio de mis noches, y en su lugar reconocí sólo tu diminuta presencia. Y hoy siento el peso de tu ausencia tan claro como sentí el tuyo, un espacio que dejaste detrás y que no había, hasta este momento de mi vida, sentido vacío.

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