Carta al hijo que no tendré,
Hoy te perdí. Te perdí sin haberte tenido. A ti,
hijo que nunca quise. Te deslizaste entre mis piernas como habrías hecho en nueve meses, en
sesenta semanas, en doscientos diez amaneceres. Entraste al mundo sin
conciencia, sin corazón que palpitara no correspondido, sin ojos que lloraran lágrimas de
desesperanza, sin pies que dieran pasos titubeantes y un día, quizás, certeros, forjando tu
camino por este mundo que no perdona. Te fuiste sin historias que contar, sin
secretos escondidos en la alacena, sin decepciones de madrugadas claras,
inesperadamente solitarias, sin haber temblado, vulnerable, en los brazos de
una mujer o un hombre que te amara. Yo no te amé, no amé a tu falta de persona, al
puñado de células que fuiste, y que un
día podrían haber sido más importantes para mí que mi propia piel, que
mis manos, mi voz, que la vida misma. No te amé, hijo que no fuiste, pero
te quise. Te quise por setentaydos horas enteras. Te quise en la abundancia íntima y secreta que le
regalaste, por esos breves, eternos instantes, a mis caderas. Te quise en el
humo limpio que respiré por ti y por el futuro que no tuviste. Te quise en los pasos suaves,
levitantes, deliberados, y cautos que di en plena conciencia de tu existencia.
Te quise en la punta de mi lengua, en la base de mi espalda, en la hondura de
mi estómago. Te
llevaste el silencio de mis noches, y en su lugar reconocí sólo tu diminuta presencia. Y
hoy siento el peso de tu ausencia tan claro como sentí el tuyo, un espacio que
dejaste detrás y que no había, hasta este momento de mi vida, sentido vacío.
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