N entró en mi vida por una
invitación de
mis hermanos de trabajar juntos. Hoy, viendo hacia atrás, me doy cuenta de que
además de
la intención real
de lograr colaborar en algo, es muy posible que hubiese habido una segunda
intención,
conociéndome
a mí,
conociéndolo
a él,
conociendo nuestras historias. Recuerdo hoy las palabras de un antiguo amante
que, compartiéndome su proceso, me contó la historia de aquella vez en la vida en la que se encontró con su igual. Me habló de la ruptura,
inevitable, que enfrentaron, de la lección de tantas cosas que le dejó. Y me advirtió que a toda luna le llega
su contraparte, que un día me cruzaría con ella y se vería entonces. Yo, tonta, arrogante, con una existencia a casi veinte años de
distancia de la suya, respondí que sus advertencias eran innecesarias, que de
encontrarme con un igual, yo, Luna de fierro, le daría la bienvenida a brazos
abiertos. M se reía con esa capacidad suya de disfrutar la candidez de mi
juventud, pretendiendo no tomarme en serio cuando ambos sabíamos que lo hacía,
se reía diciendo L, ya te veré adolescer, dolores así no los desea nadie. Yo
pienso en N y recuerdo esas palabras, porque es claro que estoy en terreno
desconocido, desconocido para mí pero conocido en demasía por mis antiguos amantes y parejas. Claro, no me ha quedado más que
cederle el paso. No sólo tengo que hacerlo, sino que en muchos sentidos, también lo quiero. Quiero ser vulnerable.
Quiero dejar de tener todo el control. Quiero querer antes de querer ser
querida. Quiero estar presente. Quiero sentirme humbled. Quiero mirar
hacia arriba y no hacia abajo. Vi a M hace un par de días. Le hablé de N. No me
preguntó Por qué él y no yo. Con todo, dijo. Tú le entras con todo. Y cuando te
caigas, ya veremos cómo lo resolvemos. Pero por el momento--.
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