lunes, 2 de noviembre de 2015

Noviembre 2


N entró en mi vida por una invitación de mis hermanos de trabajar juntos. Hoy, viendo hacia atrás, me doy cuenta de que además de la intención real de lograr colaborar en algo, es muy posible que hubiese habido una segunda intención, conociéndome a mí, conociéndolo a él, conociendo nuestras historias. Recuerdo hoy las palabras de un antiguo amante que, compartiéndome su proceso, me contó la historia de aquella vez en la vida en la que se encontró con su igual. Me habló de la ruptura, inevitable, que enfrentaron, de la lección de tantas cosas que le dejó. Y me advirtió que a toda luna le llega su contraparte, que un día me cruzaría con ella y se vería entonces. Yo, tonta, arrogante, con una existencia a casi veinte años de distancia de la suya, respondí que sus advertencias eran innecesarias, que de encontrarme con un igual, yo, Luna de fierro, le daría la bienvenida a brazos abiertos. M se reía con esa capacidad suya de disfrutar la candidez de mi juventud, pretendiendo no tomarme en serio cuando ambos sabíamos que lo hacía, se reía diciendo L, ya te veré adolescer, dolores así no los desea nadie. Yo pienso en N y recuerdo esas palabras, porque es claro que estoy en terreno desconocido, desconocido para mí pero conocido en demasía por mis antiguos amantes y parejas. Claro, no me ha quedado más que cederle el paso. No sólo tengo que  hacerlo, sino que en muchos sentidos, también lo quiero. Quiero ser vulnerable. Quiero dejar de tener todo el control. Quiero querer antes de querer ser querida. Quiero estar  presente. Quiero sentirme humbled. Quiero mirar hacia arriba y no hacia abajo. Vi a M hace un par de días. Le hablé de N. No me preguntó Por qué él y no yo. Con todo, dijo. Tú le entras con todo. Y cuando te caigas, ya veremos cómo lo resolvemos. Pero por el momento--.

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