Es hora de volver a escribir. Hace años perdí la práctica, quizás desde ese ejercicio en
2012 con J, finalmente mi hermano J. Han sido, entonces casi tres años sin darle voz a mis
palabras. Nada, habrá que volver a la práctica. Tiendo a pensar que se me ha ido el tiempo, y sí, es claro que gran parte
es irrecuperable, pero estoy a tiempo, L., a tiempo para volver a abrir este
conducto. No es tanto que mi voz lo pida; es, sobre todo, que hoy encuentro las
palabras. Hace un tiempo que no las sentía fluir con tal ligereza, tiempo desde que sentí tan consistentemente
acceso a ese pozo que se expande, lejos, dentro de mí. Y como era de
esperarse, como lo ha sido en el pasado, el detonante de este periodo, bellísimo, conmovedor, de
inspiración, es
un hombre.
La práctica me ha demostrado que estas cosas no duran, que toda
nube está
destinada a disolverse, eventualmente, en agua, en tormenta o llovizna suave,
no importa, pero eventualmente uno debe volver a pisar tierra firme. Entonces
quiero—debo— aprovechar este momento en vilo, este espacio al borde del tiempo,
esta línea en
la frontera, para transmitirme, a mí misma, afirmaciones que un día serán recordatorios. Para saber
que es cierto, que es posible, que vale la pena, que el mundo puede ser—es,
incluso, por momentos— lindo lindo. Me quiero asegurar de que el día que mire atrás, una vez que esto haya
terminado, seré incapaz de negar alguna parte de ello. Me quiero asegurar de que cuando
ese día
llegue, no tenga otra opción que sentir, ante todo, gratitud. Ha sido un regalo, vida mía, un privilegio de
dimensiones indescriptibles. Y empieza todo con un hombre llamado N.
N entró en mi vida una noche de
jueves (y en eso Eliseo Alberto se equivocaba, lo que empieza no es la
eternidad sino el presente, empieza de noche y no de día, empieza un día cualquiera y no en ese
obvio inicio que es el lunes, y empieza no cuando tu existencia se rompe, sino
cuando comienza a reconstruirse). Mi presente, entonces, empezó un jueves por la noche,
en plena reconstrucción de mi existencia. Empezó un Agosto 20, un 11 de Septiembre, 10 de Octubre. La Luna del pasado habría dicho que empezó incluso antes, todas
esas veces que lo oí nombrar y no escuché, pero esa Luna estaría mintiendo, mujer menguante, como si uno pudiera elegir esas cosas, dice
Cortázar,
lo del rayo y las velas verdes y todo lo demás. Empezó un jueves, de pantalones
color khaki y playera blanca, sin anunciarse, y bastó poco. No sé qué ni cuánto, si fueron sus
palabras, su modo de decirlas, o la facilidad desde el inicio con la que nos
entendimos sin necesidad de que las dijera. Quizás sea eso, que yo lo
reconocí en
las palabras que no dijo. Lo reconocí en los silencios, en la espera, en los intersticios de
la conversación. Si no hay sorpresas, sólo sorprendidos, entonces esto venía anunciado claramente desde entonces. Y me emociona,
como me emocionó entonces.
Estoy agradecida por la posición de inevitable
vulnerabilidad en la que este tema, fenómeno, situación me pone. Y quizás sea verdad, que ciertas cosas son inevitables, lo
importante, lo difícil, es dar el primera paso. Yo, tan acostumbrada a dar los pasos todos,
primeros, últimos
e intermedios. Uno de los tantos modos en los que N es excepción. La falta de primeros
pasos. N y yo no hemos caminado el uno hacia el otro; nos hemos encontrado
siempre, en tierra compartida. Sabiendo y percibiendo y prediciendo lo que sería, y dándole entonces tiempo
para que fuera, a su propio modo y en su momento. Y ha sido y continuará siendo, por la costumbre
asumida y hoy tan natural de decir tanto sin decir mucho. Encontrando puntos
medios, familiares, asumidos con tranquilidad, y quizá entre estos puntos
medios se construyan otros.