La conversación me hizo tambalear más de lo que me gustaría ver. Han sido días de duelo por reconocer
que no merezco ese espacio, ese sueño, que no tendré en ningún momento ese lugar, no
ocuparé una
posición desde
la cual pueda compartir con él la posibilidad de considerar una cosa del género. Un proyecto en común.
Un mañana. Me entristece por mí y por mis antiguas parejas, por la vulnerable e irremediable situación en que las puse, de
saberse fuera de lugar al grado de no poder siquiera sugerirlo. Un Nosotros. N
no es mío, me
repito. N no será mío. N está en mi vida de manera
transitiva, prestado por momentos efímeros, en espacios delimitados por estructuras y procesos
suyos paralelos a los que yo mantuve en pie durante tantos años. Agradécelo, Luna, aprende, crece,
evoluciona, disfruta. Y deja ir. No he tenido otro recurso que aprender a
asumir la inminente despedida desde el inicio mismo, hacer los preparativos
mentales y emocionales necesarios y dejar que el resto siga su curso orgánico, natural, siendo actor
pero también
testigo de una historia que se desdobla ante mí sin pedirme dirección ni permiso. Nunca he
tenido menor incidencia, menor poder de decisión, menor margen de acción, menor control. Agradece,
Luna, haz acopio de paciencia, aprende a nadar. Un día, yo lo prometo, también el Océano Mar termina.
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