Hoy me doy cuenta, después de la última
reflexión y lentamente, de que tendré que ponerle un alto a N. Es inevitable,
Lunita mía. Merezco más. Con N no sólo siento, sino sé que estoy recibiendo en
todo momento un regalo. Cada cosa que comparte conmigo, cada momento, es algo
que no me pertenece, y no puedo responder de otro modo que con agradecimiento.
Y es injusto. Es injusto con mi corazón, encontrarse tan lejos, tan atrás, tan
desaventajada. Merezco un igual, y N me queda grande. No sabía --no podía
saber-- hasta este momento que también compartirme con alguien que es tanto más
que yo es una afronta, una falta de tacto conmigo misma. No hay razón para
ponerme en una posición tan al descubierto, que me deja tan desnuda, desarmada,
respondiendo como por instinto, como autómata, con tan poco control de mí. Y no
puedo, vida mía, no puedo responder a la existencia de N en ningún otro modo.
No puedo medidas templadas. No puedo mentirme a mí, mentirle a la realidad así.
Entiendo, por primera vez, la necesidad de Dominique de mantener distancia. Era
su único modo de sobrevivir. No pueden convivir esos dos mundos, el otro y el
de Roark. No sé qué tuvo que hacer para lograrlo. Quizás alcanzar la última de
las decepciones, darse cuenta del estado real, crudo, de las cosas, perder toda
fe en la capacidad del humano de ser fiel a sí mismo, enfrentar la certidumbre
de nuestra falibilidad, y aceptar finalmente su misantropía. Y yo no he llegado
a ese punto. Yo todavía quiero creer. Así que lo tendré que dejar ir, a N,
excepción única y absoluta, a él y a sus maderas cálidas, a él y a sus
cárdenos silencios de madrugada.
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