Estoy cansada. Esto comenzó a gestarse hace tan poco
tiempo. Y ya me duele. Quiero más de lo que puedo tener o tengo
derecho de pedir. Es un terreno nuevo para mí, no explorado, de
incertidumbre y falta de palabras. Es sobre todo eso: el silencio. Dice Audre
Lorde que nuestros silencios no nos salvarán. Que nunca lo han hecho.
Dice que, ante la inminencia de la muerte, se arrepintió sobre todo de las palabras
no dichas, porque la muerte nos interrumpe sin considerar si hemos hablado lo
suficiente, o si hemos roto los silencios por partes, esperando que alguien más lo hiciera por nosotros. Y
pregunta, ¿a qué le tenemos tanto miedo? ¿A qué le tengo tanto miedo? ¿Al dolor? Al dolor. Pero nos dolemos siempre,
ineludible e inevitable condición compartida del humano. El dolor cambia o termina, o lo termina por
nosotros la muerte. Y más allá del
dolor, qué hay,
Luna de plata? Este año he sentido de los dolores más profundos de mi existencia, vacíos que me partían en dos y me robaban la respiración, inmisericordes. Este
cuerpo mío,
diminuto receptáculo de mi existencia, conteniendo contra toda lógica niveles monumentales de duelo, duelo ciego,
helado, paralizador. Y aquí estoy, viva. Haber pensado, con toda certeza, sentido en mis fibras más sensibles, que me sería imposible recuperar lo
perdido. Que ese pilar que crece en el centro de mí se había desmoronado dejando detrás sólo polvo blanco. Que las
sombras, la pesadez, y la desesperanza estaban para quedarse. He aprendido que
soy falible. He aprendido que puedo caerme, desnuda y desarmada, ante el mundo.
Y he aprendido a reconocer la capacidad de resilience del corazón humano. Puedo renacer,
puedo. Puedo arder y en las cenizas encontrar el matiz de mi identidad, del
tronco al centro de mi pecho. He aprendido que soy increíblemente débil, y que entrelazada con
mi debilidad existe también una fuerza inquebrantable. Y hoy me faltan fuerzas. Hoy, una vez más, no quiero escribir.
Eso que sentía, esa ligereza, ese ver la vida en
Tecnicholor, ese sentirme invencible, en el lugar correcto haciendo lo
correcto, tranquila, confiada de que la vida se encargaría, se me está esfumando. Me falta
expresión. Me faltan palabras para romper el silencio. Pregunta Lorde, ¿a quién
le debo el poder detrás de mi voz? Y responde, al batallón de brazos en el que busqué,
y tantas veces encontré, refugio. Estoy acostumbrada a tener un batallón de
brazos dispuesto a acogerme, a darme contención, calor, seguridad, reconocimiento, un lugar mío, sólo mío, tantas cosas
que hoy me debo dar a mí misma. Y en el momento en que esto comenzó, fui dejando,
uno a uno, a esos hombres que han estado dispuestos, a lo largo de los años, a
ser para mí refugio. Una parte de mí quiere extrañarlos, aunque sea lo
suficiente para quererlos de vuelta. Ese cariño tan tranquilo y tan falto de
riesgos, tan cómodo en su diminutez. Entiendo en carne propia a Dominique
Francon, esa primera noche de contacto con Keating, y el disgust inmediato.
Disgust. Porque después de Roark no podía sentir otra cosa. N me está
arruinando. Estoy molesta por esta absoluta incapacidad de querer compartirme
con otros, de buscar el refugio que antes había estado siempre ahí, disponible,
a la espera. Disgust. No quiero un batallón de brazos. No quiero ni siquiera
manos ajenas sobre mi cuerpo. Quiero poder decir, decirme a mí misma, que el
último en tocarme, en estar dentro de mí, en dormir a mi lado, ha sido N. Ayer
y hoy y mañana. Y me deja débil, el no poder buscar soporte en otros para
construir los símbolos de mi supervivencia, el poder detrás de mi voz, la
fuerza en que me he convertido. The journeywoman pieces of myself.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario