sábado, 2 de enero de 2016

Enero 2


Estoy cansada. Esto comenzó a gestarse hace tan poco tiempo. Y ya me duele. Quiero más de lo  que puedo tener o tengo derecho de pedir. Es un terreno nuevo para mí, no explorado, de incertidumbre y falta de palabras. Es sobre todo eso: el silencio. Dice Audre Lorde que nuestros silencios no nos salvarán. Que nunca lo han hecho. Dice que, ante la inminencia de la muerte, se arrepintió sobre todo de las palabras no dichas, porque la muerte nos interrumpe sin considerar si hemos hablado lo suficiente, o si hemos roto los silencios por partes, esperando que alguien más lo hiciera por nosotros. Y pregunta, ¿a qué le tenemos tanto miedo? ¿A qué le tengo tanto miedo? ¿Al dolor? Al dolor. Pero nos dolemos siempre, ineludible e inevitable condición compartida del humano. El dolor cambia o termina, o lo termina por nosotros la muerte. Y más allá del dolor, qué hay, Luna de plata? Este año he sentido de los dolores más profundos de mi existencia, vacíos que me partían en dos y me robaban la respiración, inmisericordes. Este cuerpo mío, diminuto receptáculo de mi existencia, conteniendo contra toda lógica  niveles monumentales de duelo, duelo ciego, helado, paralizador. Y aquí estoy, viva. Haber pensado, con toda certeza, sentido en mis fibras más sensibles, que me sería imposible recuperar lo perdido. Que ese pilar que crece en el centro de mí se había desmoronado dejando detrás sólo polvo blanco. Que las sombras, la pesadez, y la desesperanza estaban para quedarse. He aprendido que soy falible. He aprendido que puedo caerme, desnuda y desarmada, ante el mundo. Y he aprendido a reconocer la capacidad de resilience del corazón humano. Puedo renacer, puedo. Puedo arder y en las cenizas encontrar el matiz de mi identidad, del tronco al centro de mi pecho. He aprendido que soy increíblemente débil, y que entrelazada con mi debilidad existe también una fuerza inquebrantable. Y hoy me faltan fuerzas. Hoy, una vez más, no quiero escribir. Eso que sentía, esa ligereza, ese ver la vida en Tecnicholor, ese sentirme invencible, en el lugar correcto haciendo lo correcto, tranquila, confiada de que la vida se encargaría, se me está esfumando. Me falta expresión. Me faltan palabras para romper el silencio. Pregunta Lorde, ¿a quién le debo el poder detrás de mi voz? Y responde, al batallón de brazos en el que busqué, y tantas veces encontré, refugio. Estoy acostumbrada a tener un batallón de brazos dispuesto a acogerme, a darme contención, calor, seguridad, reconocimiento, un lugar mío, sólo mío, tantas cosas que hoy me debo dar a mí misma. Y en el momento en que esto comenzó, fui dejando, uno a uno, a esos hombres que han estado dispuestos, a lo largo de los años, a ser para mí refugio. Una parte de mí quiere extrañarlos, aunque sea lo suficiente para quererlos de vuelta. Ese cariño tan tranquilo y tan falto de riesgos, tan cómodo en su diminutez. Entiendo en carne propia a Dominique Francon, esa primera noche de contacto con Keating, y el disgust inmediato. Disgust. Porque después de Roark no podía sentir otra cosa. N me está arruinando. Estoy molesta por esta absoluta incapacidad de querer compartirme con otros, de buscar el refugio que antes había estado siempre ahí, disponible, a la espera. Disgust. No quiero un batallón de brazos. No quiero ni siquiera manos ajenas sobre mi cuerpo. Quiero poder decir, decirme a mí misma, que el último en tocarme, en estar dentro de mí, en dormir a mi lado, ha sido N. Ayer y hoy y mañana. Y me deja débil, el no poder buscar soporte en otros para construir los símbolos de mi supervivencia, el poder detrás de mi voz, la fuerza en que me he convertido. The journeywoman pieces of myself. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario