Estoy aterrorizada. Esta odisea ha sido una
enorme lección de humildad. Estoy aterrorizada por reconocer en N alguien
con quien me hubiese gustado tener un proyecto a largo plazo. Y a pesar de
saber que no es posible, que él no está en condiciones de darme ese espacio,
haber engendrado este deseo, inesperado y regocijante, me ha enseñado que no
soy tan invencible como creía. Es un enorme regalo. Yo, tan reticente a
compartirme, tan acostumbrada a dar advertencias de despedidas, de fechas de
expiración, a anunciar finales, yo, finalmente querer no ver un final. Y es que es
aterrador, el concepto de la finalidad. Esos cuentos tontos de adolescentes en
los que se acumulan ayeres y se prometen mañanas, y las ganas de poder prometer
un mañana. Es aterrador, pensar que a N estaría dispuesta a darle un
mañana, a construirlo con él, a no querer estampar una fecha de caducidad en
esta nuestra historia, a tomar decisiones tomándonos en cuenta. A decir nos. A
creer. Qué grande, tener ganas de creer, en una vida rodeada de tanto
escepticismo. Qué peligroso también. Qué irónico, de entre todos los grandes
hombres que han dejado su firma en mi vida, de entre todas las propuestas y
peticiones y promesas de futuros, querer precisamente las del hombre que no me
pertenece. Es, en cierto modo, indirectamente, una fuente de seguridad. Saber
que no tengo que arriesgar ni que arriesgarme porque no puedo, porque N es sólo suyo y no me va a compartir más de lo que ya me ha dado, que no tengo
derecho a ello. Queda entonces recuperar las palabras de Sabines y quererlo
sólo una semana, sabiendo que cada momento de ella es un inmenso privilegio,
asumiéndolo como tal, adivinando en la distancia el inevitable momento en el
que deje de ser suficiente, para él, para mí, para lo que pudo haber sido un Nosotros. Y ya me tocará tiempo, abstinencia, y soledad para un día curarme de
éste, el hombre al que pude haber querido.
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